Guía (cambiaria) de descarriados

Artículo publicado originalmente en la sección Glosas Marginales del periódico Reforma

¿Cómo se determina la política cambiaria de México?

De acuerdo con la Ley del Banco de México (LBM), la institución puede efectuar operaciones con divisas y, en ciertas circunstancias, incluso determinar el tipo de cambio del peso, pero siempre de acuerdo "con las directrices que determina una Comisión de Cambios...".

La Comisión en cuestión, dice la LBM, estará integrada por tres miembros de la SHCP (el Secretario y dos Subsecretarios) y tres del Banco de México (el Gobernador y dos subgobernadores). "Las resoluciones de la Comisión se tomarán por mayoría de votos, siendo en todo caso necesario el voto favorable de por lo menos uno de los representantes de dicha Secretaría" (Art. 21, énfasis mío). En otros términos, la última palabra al respecto la tiene el Secretario de Hacienda (o mejor dicho todavía, su jefe, el Presidente de la República).

De paso, vale agregar que el Art. 22 de la misma LBM especifica que la propia Comisión tiene la facultad de "señalar directrices respecto del manejo y la valuación de la reserva" de activos internacionales de Banxico.

El Banco de México tiene como función primordial proveer a la economía de la moneda nacional. Al respecto, la LBM dice (Art. 2) que su "objetivo prioritario (es) procurar la estabilidad del poder adquisitivo de dicha moneda", esto es, controlar la inflación (énfasis mío). Como se sabe, Banxico se ha planteado como meta una inflación de 3%, medida en el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC). Para el caso, la institución cuenta con la autonomía de política monetaria que le concede la Constitución. En ninguna de sus partes, la LBM establece para el Banco un objetivo para el tipo de cambio.

Así pues, las críticas que más frecuentemente se dirigen al Banco de México, tanto en materia cambiaria como en lo que toca a la reserva de divisas, han seleccionado mal su blanco.

Antes de aventurarse en ciertos campos cuya geografía se ignora, lo prudente es, cuando menos, echarle una ojeada al mapa correspondiente.

Nostalgias cambiarias

Hay a quienes no les gusta o les perjudica la fuerte apreciación del peso que ha sucedido a lo largo de los tres años más recientes. Frente a ello, se les ocurren dos medidas anacrónicas: una restricción gubernamental de los flujos de capital y/o la adopción de un tipo de cambio fijo o semifijo.

La primera de ellas parece ignorar que, en nuestra historia, los controles de cambios han sido fuente inagotable de ineficiencias y de corrupción, además de significar una pérdida de libertad económica en favor de la burocracia. La segunda implicaría un regreso a un sistema inflexible que se utilizó en México una y otra vez, y que siempre terminó en lo mismo: una crisis primero cambiara y luego económica.

Trilema

Lo que sigue es una nota (más o menos) técnica y el lector no interesado puede ahorrársela.

Fijar oficialmente el precio del dólar mientras se permite el flujo libre de capitales a través de las fronteras implica necesariamente la intervención constante de las autoridades en el mercado cambiario. Si hay una salida de divisas y el peso tiende a devaluarse, el banco central tiene que ofrecer dólares a los demandantes (comprando pesos y reduciendo la cantidad de dinero en circulación); si, al contrario, ocurre una entrada y el peso tiende a revaluarse, el banco central tiene que actuar como comprador de dólares (vendiendo pesos y aumentando la oferta monetaria).

En consecuencia, para todo fin práctico, el banco central realmente no tiene independencia en su política monetaria: simplemente reacciona a los movimientos de capital. Esto quiere decir que no puede actuar, por ejemplo, para controlar la inflación.

Esa inviabilidad es una de las que implica la llamada "trilogía imposible", "trinidad imposible" o "trilema de política económica" y está bien descrita en cualquier libro de texto de macroeconomía, que conviene leer con atención. (Véase, por ejemplo, F. S. Mishkin, Macroeconomics, Policy and Practice, pp. 445-46).
 

El autor es profesor de Economía de EGADE, Business School.

Artículo publicado originalmente en Reforma.

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