Crecimiento (mediocre) y política fiscal (anticíclica)

Artículo publicado en la sección Glosas Marginales del periódico Reforma

Entre 1993 y 2023, el PIB real de México se multiplicó por un factor de 1.8, lo cual implicó un promedio anual de crecimiento de apenas 2% (ilustrado por la línea roja en la Gráfica 1). La línea negra traza los altibajos de la tasa de variación del PIB en la realidad, durante el periodo considerado.

La ilustración sugiere dos observaciones de cierta importancia: 1.- el crecimiento de la producción de bienes y servicios ha sido mediocre (en particular si se toma en cuenta el incremento de la población); y, 2.- el proceso ha estado sujeto a crisis que, en cada caso, de hecho, han anulado parte del avance previo.

Esa historia resumida nos lleva a considerar dos tipos de políticas económicas relevantes: las referentes al ritmo del desarrollo en largo plazo; y, las correspondientes a la estabilización de las fluctuaciones de la actividad económica en el corto plazo. Los dos conjuntos de medidas están relacionados, desde luego, pero sus objetivos y sus instrumentos son distintos. En lo que sigue me ocupo sólo del segundo; en el futuro próximo, del primero.

 

La inestabilidad y la política económica

En el corto plazo, una economía sufre de vez en cuando el impacto de varios tipos de "choques", que desvían el curso de la producción de su tendencia "normal". Los "choques" en cuestión pueden ser de origen natural, como un terremoto o una pandemia, o pueden ser causados por cambios en la conducta de los consumidores, los inversionistas o el gobierno. Por ejemplo, en las economías avanzadas no es infrecuente que un deterioro (bien o mal fincado) de las expectativas de los inversionistas privados dé lugar a una reducción de su gasto y, en consecuencia, a una disminución en el ritmo de la economía. Esto último puede ocasionar una "recesión" o, en un caso más grave, incluso una "depresión".

Frente a dicho tipo de sucesos, las autoridades financieras tienen a su disposición algunas herramientas fiscales y monetarias, con las cuales intentan contrarrestar el descenso referido: aumentar el gasto público; reducir los impuestos; incrementar el flujo de crédito y reducir su costo; etc. A este grupo de medidas se le conoce como "políticas económicas anticíclicas o estabilizadoras". Su propósito es influir positivamente sobre la demanda total.

Por supuesto, muchas veces el origen de las fluctuaciones es el propio gobierno. (Algunos autores sostienen que siempre es así.) A manera de ilustración, en muchos países está bien documentado el caso de expansiones extraordinarias del gasto público en época de elecciones. Esto se traduce en un impulso temporal de la demanda, que reanima la actividad económica - -y, de paso, que típicamente acarrea presiones inflacionarias- -. Pasados los comicios, las erogaciones vuelven a su nivel habitual y ello ocasiona una desaceleración económica (entre otras cosas).

En México, en el periodo considerado, ocurrieron tres recesiones profundas, aunque de corta duración (1995, 2009, 2020); y, una recesión leve (2002).

  • En el caso de 1995, la crisis se originó en errores de política internos. La política fiscal no tenía margen de maniobra anticíclica, porque lo imperativo era corregir los desequilibrios previos, causantes de la debacle.
  • En 2002, la mini-recesión fue, por así decirlo, importada de Estados Unidos, y motivó un gasto público expansivo. Esto está señalado por una pequeña flecha azul en la Gráfica 2.
  • En 2009, la contracción abrupta de la producción fue consecuencia de la crisis financiera mundial, y la respuesta fiscal fue muy vigorosa.
  • Y, por último, en la recesión desatada por la pandemia, hubo también un aumento del gasto, aunque no de la magnitud observada en otras economías.

En total, no es aventurado concluir que la política fiscal se ha apegado, más o menos con éxito, al canon anticíclico (keynesiano). Sin embargo, caben dos observaciones adicionales: 1.- en el proceso, ha aumentado el tamaño relativo del gobierno en la economía; y, 2.- lo hecho no parece haber propulsado el ritmo de crecimiento del PIB, más allá del magro 2% mencionado.

La política monetaria ha jugado también un papel estabilizador, pero eso es otra historia.

 

El autor es profesor de Economía de EGADE Business School.

Artículo publicado originalmente en Reforma.

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