En reuniones familiares recientes, con hijos, primos, sobrinos, se puede entrever una capa generalizada de ansiedad sobre el futuro entre los jóvenes.
Nada nuevo aparentemente, pero quizás sí hay algo de fondo en ello. La incertidumbre se siente más pesada ahora, antes, en la opinión de la generación llamada Gen Z.
Un factor fácil de atribuir es Trump (sus aranceles, sus guerras y sus ofensas contra, aparentemente, el mundo entero). Otro es, efectivamente, el costo de la vida, una inflación que lleva ya cinco años sin ceder desde la pandemia y un salario real estancado en México (tiene hoy el nivel de 1980, y aunque en los últimos siete años mejoró mucho, no le sigue el paso al gasto) y, en EE. UU., no logra aventajar a la productividad (que es un bono que sólo se lleva el empresario) y, aunque sí hay mejoría, en el detalle ésta es mucho más notoria para los que ganan más y casi nada para los que ganan menos y, ya incluyendo la vivienda y la educación, todos quedan muy por debajo de las posibilidades de generaciones anteriores.
En una encuesta reciente, aplicada a estudiantes de Emory University, se reveló que los alumnos sentían menos control sobre sus propias vidas que los prisioneros de la cárcel en los años 60's. Un cuco muy trillado de nuestra era es el teléfono celular. Un alumno me contestó a mí sobre el tema: "Vives en piloto automático, duermes en casa de tus papás, tienes 32, sin trabajo, en deuda estudiantil, pegado a tu scroll, solo admirando las exitosas vidas de los compañeros de Facebook".
A vista de pájaro —con el riesgo que un ejercicio así puede tener—, hace poco en el Washington Post, Fareed Zakaria comparó nuestra época con el gran cambio tecnológico que llegó a América e Inglaterra entre 1880 y 1920: luz, telefonía, trenes, autos, cine. Movimientos masivos de familias a las ciudades, el comercio global desafió a la economía local, fortunas se formaron en pocos meses, viejos empleos desaparecieron y, en el caldo caliente, se gestó el enojo y la frustración, que encontró su carril hacia el comunismo de un lado del espectro y el fascismo del otro. Este caldo se hizo una sopa espesa de opinión extrema y, al fin, las guerras.
Nuestra época —sólo el pájaro lo puede ver— contiene ya especias de esa sopa inicial. Una revolución digital, que empezara con las computadoras, el internet, los celulares, las redes sociales y ahora un golpe que no se puede digerir fácilmente: la inteligencia artificial (AI, por sus siglas en inglés). Las disrupciones a gran escala causan también gran ansiedad social y sociedades en ese estado piden más política; y ya sabemos el peligro de más política.
La incertidumbre es muy difícil de definir y no toda es mala —Riesgo y Valor es adepta al tema—, pero sí tiene un rasgo relacionado con la percepción subjetiva de quien la sufre.
Esta es una generación que se niega a sufrir, ¿será esa la razón? Creo que no; nadie desea pasar por lo amargo que la vida nos tiene, aunque generaciones anteriores, sin redes sociales instantáneas, tenían la piel más gruesa; no obstante, sí es cierto que parece haber peores condiciones en esta era que en los 80's o 90's: la inflación regresó, el trabajador no tiene fuerza negociadora contra la gran corporación, el clima está desatado, la revolución tecnológica está ahora en su cenit (justo antes de irrumpir las estructuras laborales en forma telúrica).
No se les puede culpar; sí se siente la incertidumbre más de cerca. Los indicadores, además, abundan. Menos matrimonios más tarde, menos hijos, menos ahorros, más enfermedades mentales, más jóvenes viviendo con los padres. Encuestas de muchos países arrojan resultados similares: los jóvenes tienen un crushing sense de que el futuro es demasiado incierto como para abrazar el compromiso de vida de la paternidad.
Solo Yoda o Job pueden aquilatar con sosiego lo bueno de la incertidumbre y con ello ver el corto plazo con esperanza, pero debe recordarse que una época de oro, desde 1950 hasta 1973, en arte, ciencia y familia siguió a los dolores de los 30's y 40's. La incertidumbre está presente siempre, pero tiene ciclos y tiene dos lados también: sorpresas hacia lo malo y sorpresas hacia lo bueno.
Artículo publicado originalmente en El Norte el 28 de julio de 2026.
Por Jorge A. Martínez, profesor de Economía y Finanzas de EGADE Business School.