Una hermana de mi abuela que vivía en Texas traía en cada visita lo que conocíamos de niños como “el pan de Maruca”, unos bollos dulces arreglados en octetos dentro de una bandeja de cartón corrugado blanco. Yo pensaba que ese era su género y su nombre, aunque décadas después los conocí en las tiendas. Todos los primos llegaban ahí a echar cuenta de esa quintaesencia como hace una manada de lobos con su botín. El aroma de Maruca era también único, como a cardamomo cítrico combinado con el suéter de lana de mucho uso.
Estos dos sentidos —junto con el sonido, color y textura— nos hacen conectar en la memoria con nuestra historia, con el gozo y tristeza de lo vivido. Pero son tan diferentes; el olor nos llega y el sabor lo buscamos. “Hay perfumes frescos como la piel de un bebé, dulces como oboes, verdes como praderas” escribió Baudelaire, del olor. “El pan tiene sabor de abrazo” describió Gabriela Mistral sobre el sabor.
En las inversiones, parece haber también gran contenido sensorial. Del olor no puedes escapar, te sigue ya que te ha llegado. Al sabor lo persigues, lo tienes guardado dentro y sales de frenética cacería tras de él hasta hacerlo tuyo de nuevo. La metáfora no es perfecta, pero sería mucho más riesgoso y vano tener solo el portafolio del olor, uno que contenga todo aquello que “capturas” (o más bien te capturó a ti) según el ambiente por donde pasas.
Hoy pasamos por macrotendencias, por corrientes de negocios, por modas, ruidos y novedades que nos traen ideas de inversión comunes a todos (los olores, en la alusión). No debe negarse que si hay una corriente, no debe uno luchar contra ella y la depreciación del dólar es una corriente fortísima en el tiempo actual. Otra más es la inflación y la reducción de las tasas, así como las presiones sobre el precio del gas por los rebotes climáticos y sobre el petróleo por una geopolítica caliente.
Un mundo bursátil que cumple ya 17 años de valuaciones con tendencia muy marcada al alza genera otra corriente de grave preocupación. La moda de la AI es tan fuerte, que quizás no clasifique como tal, sino más bien como un límite divisorio que se ha hecho añicos repentinamente y nos deja ver a todos con temor y esperanza lo que pueda haber del otro lado.
Un portafolio para el olor tendría esto (usando las siglas del índice que lo capta), debido a los aromas de los párrafos anteriores: todo lo que gana con el dólar débil, es decir el oro y los insumos (IAU y DBC), los mercados emergentes tanto bonos como acciones (EMB y EEM) y los mercados desarrollados sin EE.UU. (EFA). Lo que nos protege en efectivo en caso de caídas y de inflación (TIP, BIL y SHY) así como aquello que nos expone a todo lo que la AI podría generar (QQQ, XLK) aunque justo ahora está todo esto de capa caída. Las criptomonedas (BTC y BITQ) pueden ser útiles para la diversificación y las gangas —pues se han caído mucho— son tentadoras, pero el riesgo es también muy alto.
Todas estas tendencias son respuestas a los cambios en el ciclo económico, el ciclo de tasas, el de las innovaciones tecnológicas. Los ciclos tienen sus fases de recuperación, expansión, auge y contracción; las decisiones de inversión congruentes con ellas nos persiguen todos como un olor. La geopolítica y el clima llevan también su propio ritmo y dan entrada y salida de inversiones igualmente, pero un portafolio que responda a una estrategia propia, una visión del mundo que hemos esculpido con nuestras propias manos, nuestros credos y convicciones respecto de los negocios, sus industrias y el desarrollo humano, eso es un portafolio para el sabor.
Pero ¿qué debe incluir un portafolio así? Todo lo que persigues independientemente de los ciclos. Acciones que siempre han dado buenos dividendos (NOBL), la bolsa americana (IVV), la mexicana (EWW) y las acciones que no varían con las modas (value IWD). Acciones que siempre producen valor a la larga (Femsa, Arca, Banorte, Gruma, G México, Walmart Mex), Cetes, apuestas al desarrollo inmobiliario (FIBRA Mty, Prologis PLD); ah… y que nunca falte pan.
Artículo publicado originalmente en Reforma.