Entre 2016 y 2021, el tipo de cambio del yen frente al dólar (¥/$) se mantuvo bastante estable, con un promedio por debajo de 110 ¥/$. De ahí en adelante, la moneda japonesa ha tenido un fuerte deterioro, llegando a un máximo reciente de casi 164 ¥/$ al final de julio pasado. Hace unos días, la cotización se situó en 159 ¥/$.
El proceso referido motivó diversas reacciones de política económica, entre las que destaca el apoyo al yen por parte del Tesoro de Estados Unidos. En alguna parte leí que el secretario Scott Bessent dijo que se hará “lo que sea necesario” al respecto —copiando una frase audaz de Mario Draghi, proferida allá por 2012, creo que en defensa de la zona euro, cuando era la cabeza del Banco Central Europeo; como era de esperarse, el mercado de divisas impuso su fuerza, pero eso es otra historia—.
En la raíz del asunto está, como (casi) siempre es el caso, una mezcla de políticas expansivas por parte de Japón. La intención original era estimular el crecimiento económico, que ha sido muy bajo durante décadas (apenas por encima del 1% en promedio anual). Para el caso, el gobierno decidió aumentar el gasto financiándolo con deuda, y el banco central llevó su tasa de interés incluso a niveles negativos (postura que prolongó hasta 2024). El resultado ha sido un alza pronunciada de la deuda pública como fracción del PIB, que ya excede al 200%... y el crecimiento sigue siendo anémico. Era inevitable que tal combinación adversa, y sus perspectivas desfavorables, generaran desconfianza en la moneda.
La tasa de interés en Japón es mucho más baja que la de varios países, provocando una operación financiera llamada “carry trade” que, como se sabe, consiste en endeudarse a bajo costo en yenes, convertirlos luego (digamos) en dólares e invertirlos en activos rentables. El esquema tiende a depreciar el yen, lo que se transforma en un estímulo adicional para la operación.
Japón cuenta con un billón de dólares (un trillón en inglés) en reservas (en valores del Tesoro americano), y ha usado parte de ellas para defender el yen. Aunque dicho monto es muy grande, resulta exiguo frente a la magnitud de las operaciones en el mercado de divisas. Además, su venta conlleva una presión al alza de las tasas de interés. Esto último es contrario al deseo del gobierno de Estados Unidos, cuyas finanzas están agobiadas por el peso de la deuda pública.
Por otra parte, la política comercial externa de Estados Unidos tiene una orientación claramente proteccionista, que se expresa en la proliferación y el nivel de los aranceles en la era trumpiana. La idea es desalentar la compra de bienes extranjeros, para supuestamente redirigir el gasto hacia la producción nacional. Sin embargo, la depreciación del yen implica, lógicamente, un fortalecimiento del dólar, lo que hace atractiva la importación.
En todo caso, el gobierno estadounidense ha destacado la reducción (casi 34%) del déficit externo los primeros seis meses de este año, en relación con el mismo periodo de 2025. (Bureau of Economic Analysis; agosto 4, 2026).
El Banco de Japón ha venido aumentando su tasa de interés de referencia, que se sitúa ahora en 1%. Tal nivel sigue dando oportunidad al “carry trade”. La fortaleza del peso, entre otras muchas divisas, es quizás una de sus manifestaciones.
A nivel de hipótesis, es posible que la suma de los factores mencionados sirva para ayudar a explicar la intervención del Tesoro en el mercado de divisas en favor del yen. No sobra notar que la leve mejoría reciente de la cotización de la moneda japonesa sólo puede ser duradera si se corrigen los elementos fundamentales que causan su debilidad.
Artículo publicado originalmente en Reforma, el 17 de agosto de 2026.
Por Everardo Elizondo, profesor de Economía de EGADE Business School.