La debilidad de la inversión... y sus causas

Artículo publicado originalmente en la sección Glosas Marginales del periódico Reforma.
Economía
Everardo Elizondo
8 Diciembre, 2025

El Plan México replanteó la necesidad de elevar el coeficiente de inversión (la inversión como proporción del PIB), para acelerar el debilucho crecimiento económico —que no llegará al 0.5% real este año—. Según las cuentas nacionales, la cifra referida es algo así como 22%; la deseada es 25%. ¿Por qué 25%, específicamente? No lo sé: hay quien calcula que se precisa un coeficiente del orden de 30% para que el PIB crezca 4%. La conexión entre ambas variables no es sencilla.

Al respecto, las noticias recientes no son buenas. El INEGI elabora y publica un Índice de Volumen de la Inversión Fija Bruta, que se divide en dos componentes, maquinaria y equipo, y construcción. El dato (preliminar) correspondiente a septiembre reveló una caída de 8% anual. Una señal adicional de la debilidad de la inversión es la trayectoria de las importaciones de bienes de capital: según Banxico, en cada uno de los primeros diez meses de 2025 se registró una reducción anual significativa.

El INEGI prepara también un Indicador Global de Opinión Empresarial de Confianza. La gráfica ilustra su trayectoria a partir de enero de 2024 y hasta noviembre de 2025. Aparte de su dirección descendente, lo relevante es que el indicador ha estado debajo de 50 puntos desde marzo de este año. En lenguaje no técnico, eso pone de manifiesto un persistente ánimo pesimista en los empresarios.

La encuesta mensual que levanta Banxico entre los especialistas en economía del sector privado incluye una sección sobre los “principales factores que podrían obstaculizar el crecimiento de la actividad económica”. En su edición más reciente (01/12/25), el factor más importante (40%) se refiere a la “gobernanza”. El término agrupa elementos tales como la inseguridad, la corrupción, la fragilidad del Estado de Derecho, la impunidad. No es inapropiado resumir lo anterior en una frase desafortunadamente reiterada: el clima de negocios no es favorable.

Los pronosticadores de oficio no avizoran un horizonte muy promisorio. El común de las previsiones sitúa el crecimiento del PIB para 2026 en algo así como 1.4%. No es una expectativa muy halagüeña. La OCDE es incluso menos optimista: calcula que el número en cuestión será sólo 1.2%. (Las diferencias no son significativas).

Como quiera, la implicación es que el año próximo será un poco “mejor” que el actual. ¿Por qué? Al parecer, porque se espera, entre otras cosas, que el consumo privado se vigorice. (Tengo mis dudas al respecto). También se supone que la inversión crecerá, en lugar de disminuir. Ojalá que así sea, pero para que ocurra, los empresarios (hoy con un ánimo decaído) tendrían que percibir un cambio propicio en el entorno. Por su parte, las autoridades han ofrecido aumentar la inversión pública, pero su importancia relativa en la formación de capital es reducida: apenas 10%. (Esto último, sin mencionar los cuestionamientos sobre su productividad).

Todo lo anterior se refiere a la inversión física. Sin embargo, es necesario agregar a lo dicho lo concerniente a otros dos ingredientes clave del crecimiento: el capital humano y la tecnología. En ninguno de los dos aspectos se detectan signos positivos. Por un lado, los expertos en el tema lamentan el deterioro de la educación y, por el otro, resulta que el gasto en ciencia y tecnología es sólo 0.3% del PIB, en comparación con el promedio de 3% para los países miembros de la OCDE.

En fin…

Artículo publicado originalmente en Reforma.

Autor

Everardo Elizondo
Finanzas y Economía para los Negocios

Líder Académico