En Estados Unidos, la inflación general —la que verdaderamente le importa al consumidor— ha sido alta y ha fluctuado fuertemente a lo largo de la década pasada. Fue moderada durante los primeros años de dicho periodo, pero ascendió en forma abrupta como consecuencia de las alzas de precios causadas por las dislocaciones provocadas por la pandemia, que fueron "acomodadas" (validadas) por una política monetaria muy laxa. Así, alcanzó un pico extraordinario en 2022.
Descendió después pronunciadamente, pero se ha quedado por encima de lo que se puede llamar "estabilidad de precios". En los meses más cercanos al actual la inflación ha sido impulsada —en términos aritméticos— por el consabido aumento de los precios de los energéticos, generado a su vez por la (muy) incierta guerra en el Medio Oriente. La primera gráfica ilustra lo que traté de describir en la parrafada previa.
Con tal antecedente histórico y en el marco de una economía que muestra un crecimiento robusto, el Fed, el banco central de Estados Unidos, decidió el miércoles 29 dejar sin cambio su tasa de interés de referencia en 3.75%. Al respecto, como dice una vieja canción, "no hubo sorpresa alguna". Sin embargo, lo relevante fue que tres de los doce miembros del comité decisor votaron por un aumento de la tasa.
Frente a lo sucedido, en forma coloquial se dice que "el mercado" apuesta ahora a que el Fed subirá la tasa en ¼ de punto porcentual en su reunión de septiembre. Quién sabe. Por un lado, Kevin Warsh, el flamante presidente del banco central, reconoció que la inflación ha estado por arriba de la meta oficial por mucho tiempo, y fue enfático al respecto: "we will deliver price stability". Desde luego, no dijo cuándo. Por buenas razones:
- Nadie conoce el futuro del conflicto armado entre Estados Unidos, Irán, Israel, Irak, Jordania... y, en consecuencia, pronosticar el precio del petróleo es en realidad un ejercicio puramente especulativo.
- "El mercado" sospecha que el momento político no es favorable todavía a la adopción de una postura monetaria restrictiva.
Lo cierto es que las tasas de interés de 5, 10 y 30 años han aumentado significativamente, lo que se ha interpretado como una manifestación del escepticismo de "el mercado" sobre el eventual control de la inflación. De hecho, la tasa del bono del Tesoro a 30 años, 5.2%, es la más alta desde 2007.
En mi precaria opinión, lo más probable es que la mayoría de los miembros del Fed se incline en el otoño por un alza modesta de su tasa de referencia, quizás el ¼ de punto porcentual que avizora "el mercado". ¿Qué quiere decir lo anterior para la economía mexicana? La implicación más obvia es que el crédito externo seguirá siendo relativamente caro. Y, también, que el vigor en curso de la economía estadounidense no está
garantizado.
Pero, bueno, como he dicho tantas veces en este espacio: "If you forecast, forecast frequently".
Artículo publicado originalmente en Reforma el 3 de agosto de 2026.
Por Everardo Elizondo, profesor de Economía de EGADE Business School.