¿Gravar la riqueza? (Other people's money)

Artículo publicado originalmente en la columna "Glosas Marginales" del periódico El Norte.
Economía
Everardo Elizondo
10 Agosto, 2026

Hace unos días, recibí en mi correo una nota provocadora: "The Economist ha apoyado hace mucho tiempo algunos impuestos sobre la riqueza (como los impuestos a la propiedad y a las herencias), pero no nos entusiasman los impuestos sobre la riqueza total que ahora están ganando aceptación. Nos preocupa que puedan obstaculizar la innovación y recaudar menos de lo que esperan sus proponentes". (La traducción es mía).

En realidad, a The Economist, como a muchos comentaristas y políticos, y a algunos economistas y politólogos, les inquieta (o parece inquietarles) la posibilidad de que la riqueza, el poder económico, se convierta en un poder político dominante. Si mal no recuerdo, tal era (y seguramente es todavía) el argumento explícito, de fondo, de dos de los proponentes más famosos del gravamen aludido (Emmanuel Sáez y Gabriel Zucman).

No conozco la evidencia empírica al respecto —obviamente, no es mi campo—. Como quiera, a nivel de anécdotas quizás relevantes, van las siguientes: 

  1. Recuerdo claramente que Donald Trump recibió donativos cuantiosos, por ejemplo, de Elon Musk, Timothy Mellon y Bernie Marcus. 
  2. Así mismo, recuerdo también que Kamala Harris contó con el apoyo financiero de billonarios como Michael Bloomberg, Bill Gates y George Soros.
  3. Fuere como haya sido a nivel federal, me resulta cuando menos curioso que Nueva York, la capital financiera del mundo, tenga como alcalde a un político novel autodeclarado socialista; dudo que haya sido electo por la influencia de la "plutocracia".


En todo caso, lo cierto es que la riqueza es una variable muy difícil de medir. Que yo sepa, no hay en Estados Unidos una base de datos estable. La razón es muy sencilla: el precio de mercado de acciones y bonos fluctúa fuertemente, y estimar el valor de la propiedad raíz es problemático. El propio The Economist provee evidencia al respecto sin proponérselo. En la nota que mencioné al principio dice, refiriéndose a Elon Musk: "hace poco era el primer trillonario en el mundo, antes de que la caída de las acciones de SpaceX lo regresara a unos cuantos cientos de billones". (De hecho, disminuyó cerca de 250 billones de dólares). El comentario pretende ser irónico, pero revela sin querer el problema de definir en la práctica la base del impuesto. El trillón era riqueza sólo de papel.

The Economist critica el posible efecto negativo de un impuesto a la riqueza sobre la innovación. Tiene razón, pero se queda corto. En general, me parece que los economistas están de acuerdo en que un gravamen de ese tipo estimula el consumo y desalienta la asunción de riesgos. Los tres aspectos mencionados se resumen en incentivos negativos para el ahorro, la inversión y el avance tecnológico. Y entonces, para el crecimiento económico.

En la práctica, los impuestos a la riqueza son muy vulnerables a la elusión (incluyendo la fuga de capitales). Es apenas una de las razones por las cuales la mayoría de los países los han abandonado. En los noventa, doce países de la OCDE tenían un impuesto a la riqueza neta; hoy, son sólo cuatro (Colombia, España, Noruega y Suiza). Su recaudación es exigua: en el "mejor" de los casos (Suiza) es 1.3% del PIB; en el "peor" (España) es
0.2%. Tales números sugieren que su impacto redistributivo es insignificante.

La imposición a la riqueza neta implica cuando menos una doble tributación. Las personas ganan dinero y pagan impuestos sobre el ingreso obtenido; si ahorran e invierten una parte, pagan impuestos de nuevo (sobre el rendimiento generado y sobre el patrimonio acumulado); si gastan el resto, pagan impuestos (sobre el consumo).

Esto ha sido tema de intenso debate durante mucho tiempo. (El lector interesado puede consultar An Expenditure Tax, de Nicholas Kaldor, publicado en 1955). En lo personal, en cuanto al poder político, hay un trillonario que me parece más que significativo: el gobierno federal de Estados Unidos; medido por cualquiera de sus estadísticas comunes, es tan poderoso que empequeñece por comparación a cualquier persona física o moral.

Artículo publicado originalmente en El Norte el 10 de agosto de 2026.

Por Everardo Elizondo, profesor de Economía de EGADE Business School.

Autor

Everardo Elizondo
Finanzas y Economía para los Negocios

Líder Académico