Existen en la actualidad cuatro fenómenos que viven transiciones que hacen de nuestro mundo un lugar muy distinto al de nuestros abuelos —no que sean nuevas, pero sí marciales: La primera es la automatización (el número de robots en la industria y aplicaciones de la inteligencia llamada AI) y sus efectos, que han sido ya y serán de continuo altamente disruptivos para el empleo, la productividad y la derrama en todos los subsectores que le rodean.
La segunda es la demografía, una corriente que inunda lentamente y que va presentando año con año su inventario de cicatrices, que recibimos con modorra y hastío conyugal, pero que a tranco firme irá arrollándolo todo: el PIB potencial, las tasas de interés, la inversión, los retornos de bolsa, la inflación y sí, con la parsimonia propia del tonelaje, llegará a las puertas de México también, rajando el famoso bono demográfico que aún tenemos y que hace cumbre en menos de un lustro.
La tercera está relacionada igualmente con la demografía y es el ciclo en los mercados de oferta y demanda que traen las capas generacionales. Es decir, de los baby boomers a los Gen-X, de estos a los millennials (quienes por ejemplo están hoy en su mediana edad, rondando los 40, momento en el que se define la filosofía de inversión a largo plazo y el ahorro en las familias) y de ahí a los Gen-Z y Alfa. El mundo no sabe todavía cómo mercadear ni gestionar su “preferencia por el viento”, ese carácter de nube en sus contratos con toda su infinita galería de anárquicas apps.
El último es el más difícil de entender y definir, pero todos vemos a diario sus embrujos: el sentimiento de abuso de las cúpulas hacia las masas.
Centrémonos en el segundo y el tercero, ambos muy relacionados con la dinámica en la población. Conviene poner en contexto algunas cifras: Con una población mundial de 8.2 mil millones, la ONU prevé un pico de 10.2 mil millones hacia fines del siglo XXI, para luego iniciar una caída. El crecimiento poblacional anual global ronda el 0.9%, es decir, 70–75 millones netos de nuevos bebés por año, mucho menos que en 1950.
La tasa global de fecundidad se encuentra en 2.3 hijos/mujer, y ha caído desde 4.9 en 1950. Para 2025, se proyecta por debajo del nivel de reemplazo (2.1), siendo desde entonces la norma en la mayoría de los países (excepto África y Oriente Medio). Países como Japón (1.3), Corea (0.78), Italia, España y Alemania (1.2 hijos/mujer) ya sufren los embates de una población envejecida: contracción de nacimientos, crisis de reposición y gran presión sobre pensiones y presupuestos de salud. Esto genera déficits de cotizantes, escasez de trabajadores calificados, contracción del mercado interno, cierre de servicios y fuga de talento.
En el otro extremo, países con tasas altísimas de fecundidad (Nigeria y otros africanos) enfrentan presiones sobre infraestructura, inflación, deuda y migración masiva —que países ricos receptores no están acogiendo con optimismo.
Para medir los efectos que la demografía adversa podría tener en México, una simulación de caída del crecimiento de la fuerza laboral (hoy unos 60 millones) de 0.3% por década hasta 2050 produciría una pérdida del PIB per cápita: De 22,500 dólares en el escenario base (sin caídas) a sólo 19,000 dólares si se materializa la tendencia, partiendo de los 14,000 dólares actuales. En China, el resultado sería aún más drástico dadas sus condiciones de partida.
Sí, la demografía puede parecer un tema árido y de interés vago, pero a tranco firme lo arrollará todo. Puede verse, de hecho, como un impuesto demográfico. Habrá que dejar de ver Netflix y empezar a aportar.
Artículo publicado originalmente en El Norte.