El Capitán Ahab persigue incansablemente a Moby Dick por más de treinta meses, hasta que lo alcanza con su barco Pequod y mueren juntos bajo el Pacífico de Ecuador, según la novela de Herman Melville de 1851. El autor conoció al verdadero Ahab (George Pollard), quien sobrevivió a la ballena, mas no su barco —el Essex— en 1820 en los mismos mares.
Benjamín Netanyahu es un tipo de Ahab; Irán es su Moby Dick. Es él quien ha azuzado a Trump a organizar esta guerra —según el analista John Mearsheimer de la Universidad de Chicago—, pues la fuerza de lobbying que tiene Israel dentro del gobierno de los EE. UU. es la mayor de todas, la más antigua. Israel ha buscado extender su territorio como objetivo central desde hace más de seis décadas, hacia el West Bank (Cisjordania), hacia Jordania al este y al norte hacia el Líbano, e Irán ha sido un obstáculo histórico para ellos.
No obstante, esta guerra es imprudente, de acuerdo con Jeffrey Sachs, Premio Nobel de Economía, y muchos analistas más; e incluso en palabras de los propios directores del Mossad (la oficina de inteligencia de Israel), como el actual, David Barnea, o el anterior, Yossi Cohen. Y la razón es simple: Irán es un jugador hostil y muy resistente, dispuesto y preparado para cualquier nivel de aflicción, por lo que escalar las penalidades no tendrá el efecto buscado, menos aún desde el aire.
En términos de un analista (M. Meldrum), es como si en el patio de la escuela se enfrentaran el niño molestón (el bully) y el niño “loquillo”, ese que es capaz de todo, aun cosas impensables y absurdas (como usar los “escudos humanos” en la infraestructura clave). A un niño así es imposible ganarle, y menos humillándolo públicamente (como ha hecho Trump por semanas, con sus diatribas de aniquilación total y otros vejámenes de los que, ya hemos presenciado por años, es perfectamente capaz).
Es por esto que las cosas pudieran terminar mucho peor para Trump en contraste con el estado en que se encontraba la geopolítica previo al conflicto: ahora un grupo hostil (los Hutíes de Yemen) amedrentan el estrecho de Ormuz y el régimen político en Irán se ha vuelto más extremista con el asesinato del ayatola Jamenei en febrero.
En cuanto a los efectos económicos de una guerra, y revisando 15 conflictos desde los 60, la respuesta promedio en el S&P 500 es de un +3.5% en un trimestre y un +9.5% a un año. Es cierto que el embargo árabe de octubre del 73 sí tuvo un efecto muy negativo en el índice (-34%), al igual que el 9/11, el Muro de Berlín y el conflicto de Ucrania, pero en general las guerras dejan pocos daños en la Bolsa.
Si esta guerra se pareciera al embargo petrolero del 73, entonces terminaría pronto (no más de 6 meses); no obstante, la faceta inflacionaria duró una década y media y produjo el aumento descomunal de tasas de interés en los 80. El precio del barril subió de 3 a 12 dólares y se aferró ahí; la inflación subió de 3% a 13%; se generó una estanflación con el desempleo llegando a 9% en 1975, y efectos graves en la escasez de muchas cosas provenientes de la economía de hidrocarburos (como en la actualidad, en la que quedan expuestos el gas, los plásticos, productos refinados, aluminio, helio y fertilizantes), que causarán fuertes estragos en la industria manufacturera, las aerolíneas, el turismo y el sector bancario.
En promedio parece haber un impacto sobre el PIB en el mediano plazo en EE. UU. de alrededor de un tercio de punto porcentual por cada aumento de 10% en el crudo; algunos países como Japón, Australia y el resto de Asia sufren un impacto casi del doble (según Oladosu, 2018).
Lo más probable es que queden consecuencias permanentes de esta guerra por muchos años. Es cierto también que la dependencia relativa de hidrocarburos ha bajado drásticamente en las últimas décadas, tanto en EE. UU. —quien de hecho es superavitario en hidrocarburos— como en México; pero aun así, el efecto en los precios y en la economía se puede volver palpable (en una recesión) si el crudo se mantiene por encima de 120 dólares el barril por más de tres meses, lo cual no ha ocurrido.
Bien decía Kissinger: peor que ser enemigo de EE. UU., es ser su amigo.
Artículo publicado originalmente en Reforma.