Thomas Hobbes, un prominente filósofo inglés, murió en 1679. Entre sus obras destaca la intitulada Leviatán, que constituye un clásico de la teoría política. En su estado natural, decía Hobbes, la vida del hombre es “solitaria, pobre, horrible, brutal y corta”. Y así fue durante la mayor parte de la historia de la humanidad.
Pero eso empezó a cambiar hace unos 250 años. Poco a poco al principio, y después aceleradamente, se produjo lo que algunos autores distinguidos llaman "El Gran Florecimiento" (D.N. McCloskey), "El Florecimiento Masivo2 (Edmund Phelps) o "El Gran Escape" (Angus Deaton)*. El resultado ha sido un progreso sin precedentes. La esperanza de vida al nacer más que se duplicó; la mortalidad infantil descendió abruptamente; la pobreza extrema se desplomó; el ingreso por habitante se multiplicó; etc. Según los expertos, la pobreza extrema mundial bajó de 80% allá por 1800, a sólo 10% en nuestros tiempos. La causa primordial del extraordinario avance, en todos los órdenes, ha sido la innovación, traducida en aumentos de la productividad.
La palabra innovación invoca de inmediato la visión de los enormes avances tecnológicos generados sobre todo a partir de la mitad del siglo XIX. Pero la innovación de veras ocurrió antes, en las ideas, en los valores. De ello me he ocupado a menudo en estas páginas. Retomo el tema porque acabo de leer al respecto un artículo provocativo y polémico publicado en Project Syndicate (06/02/26): “A Path to Universal Prosperity by 2100”. Los autores, Marc Canal Noguer, Nick Leung y Chris Bradley —CLyB, de aquí en adelante— son altos funcionarios de McKinsey. Sus tesis contrastan con el pesimismo que caracteriza la opinión de moda —y con las denuncias emitidas con frecuencia desde las alturas—.
Sin timidez, CLyB presentan (sic) “una visión ambiciosa: para 2100, los más pobres del mundo pueden vivir tan bien como la gente de Suiza hoy día”. ¿Cómo? Acelerando un poco la tasa de crecimiento del PIB mundial por habitante: (sic) de 2.3% anual, a 2.6%. La maravilla del interés compuesto producirá el milagro.
El artículo destaca la importancia de varios factores impulsores de la productividad, enfatizando el papel esencial de la energía. Desde luego, eso tienen razón. Las tecnologías de punta como la Inteligencia Artificial y sus aplicaciones implican un uso masivo de energía. CLyB calculan, por ejemplo, que la generación de electricidad tendrá que ser 30 veces (!) mayor que ahora. Eso es posible, dicen los autores, al mismo tiempo que el proceso se descarboniza, si la producción se origina en fuentes como la solar, la eólica o la nuclear. Para el caso, usan como ejemplo lo sucedido en China en los diez años más recientes. Así pues, el asunto del cambio climático no les inquieta. Tampoco les preocupa el alegato tipo Club de Roma sobre la escasez de recursos naturales, desacreditado hace mucho tiempo por la fuerza de los hechos.
Con franqueza, no estoy capacitado para evaluar las afirmaciones de CLyB sobre las cuestiones técnicas mencionadas. Como quiera, me quedo sin reservas con dos de sus planteamientos:
1.- “No estamos diciendo, sin embargo, que nuestra visión de la abundancia será fácil de lograr. Las limitaciones pueden no ser físicas, pero podrían ser sociales y políticas”. Totalmente de acuerdo. Mientras subsistan las ideas que dan sustento a las políticas que limitan la creatividad, la asunción de riesgos y el esfuerzo productivo —es decir, la libertad individual— en aras de una noción ilusoria de la eficacia y la superioridad moral de lo colectivo, el progreso potencial de las naciones no podrá realizarse.
2.- “Mucha gente en las economías avanzadas —que… han cosechado los beneficios del crecimiento— no creen más en el progreso material. Esto destaca la necesidad —dicen CLyB— de una nueva narrativa que deseche el pensamiento de suma-cero. El crecimiento es la solución, no el problema”. En efecto, es falsa la idea de que el crecimiento implica necesariamente que unos ganen lo que otros pierden. Una distribución así sesgada existe, por supuesto, pero es la consecuencia estándar de políticas públicas absurdas.
En fin, habrá que leer el libro de CLyB (A Century of Plenty: A Story of Progress for Generations to Come) donde supongo que se desarrollan los argumentos delineados en el artículo. Algo de optimismo no sobra.
* Phelps ganó el Premio Nobel de Economía, en 2006; Deaton, en 2015.
Artículo publicado originalmente en el periódico Reforma.