Adam Smith: 250 años… y contando

Artículo publicado originalmente en la columna Glosas Marginales de El Norte.
Economía
Everardo Elizondo
16 Marzo, 2026

El 19 de marzo de 1776 se publicó Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, el célebre libro del escocés Adam Smith (AS). Se reconoce como la obra que estableció a la Economía como ciencia social.

Su título es peculiar, ubicado en el contexto de aquella época, porque la situación general de las naciones era de pobreza, como había sido durante siglos. Faltaban algunos años para que surgiera en pleno el periodo de crecimiento económico acelerado que se asocia (no con toda razón) con la llamada Revolución Industrial.

Hay estudiosos que opinan que La riqueza de las naciones (RN) es la obra cumbre de AS; otros piensan que un libro anterior, titulado La teoría de los sentimientos morales, es superior en términos intelectuales. Pero esa es una discusión académica. Al parecer, la filosofía moral escocesa declinó en influencia, mientras que la economía escocesa sigue vigente.

AS es el autor de muchas frases que han sido citadas innumerables veces. Aquí van las dos que probablemente sean las más repetidas:

La primera contiene la concepción smithiana de la conducta económica: “No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero que esperamos nuestra cena, sino de la consideración de su propio interés”.

La segunda utiliza la anterior para plantear una explicación del funcionamiento del sistema económico: cada individuo, actuando sólo en la búsqueda de su propio beneficio, es “guiado por una mano invisible a promover un fin que no era parte de su intención”. “Generalmente, de hecho, no intenta promover el interés público, ni sabe cuánto lo está haciendo” (RN, Libro IV, Cap. 2, The Harvard Classics, 1909). La metáfora de la “mano invisible” ha sido influyente durante 250 años.

Lo apuntado sustenta la idea de que los mercados libres, es decir, los caracterizados por la competencia, producen resultados que propician el bienestar general de la población, aun si cada participante en ellos atiende sólo a su beneficio. Eso es lo esencial. Así, se produce un orden espontáneo.

El sistema de mercado ha probado en la realidad su enorme capacidad de generar riqueza. Nadie ha dicho con seriedad que sea perfecto, pero sí que es mejor que los modelos alternativos (fracasados), y el único que ha combinado en la práctica progreso económico y libertad individual.

AS ha sido considerado por algunos de sus críticos como un fundamentalista del mercado. Pero una lectura cuidadosa de La riqueza de las naciones sirve para desacreditar tal prejuicio. Smith planteó como una responsabilidad mayor del gobierno lo obvio: la defensa nacional y la administración de la justicia. Esto último, entre otras cosas, para garantizar el derecho de propiedad y la vigencia de los contratos.

También argumentó a favor de la provisión de infraestructura —puentes, canales y caminos— en los casos en que la oferta privada fuera insuficiente. No sólo aceptó, sino incluso defendió la necesidad de ciertas regulaciones específicas, por ejemplo, sobre la tasa de interés, en favor del ahorro (Andrew Skinner).

Adam Smith fue un crítico demoledor del proteccionismo comercial. Sus argumentos al respecto, basados en las ventajas de la especialización, prestaron apoyo a los partidarios de la apertura de las fronteras al flujo de mercancías. David Ricardo formalizó el caso con su teoría de la ventaja comparativa. Por desgracia, el proteccionismo está de regreso.

Artículo publicado originalmente en El Norte.

Autor

Everardo Elizondo
Finanzas y Economía para los Negocios

Líder Académico