¿Qué define el éxito (y el fracaso) para las personas emprendedoras?
Para medir el éxito de un emprendimiento, solemos poner el foco en los números. Por ejemplo, nos fijamos en sus métricas de facturación, flujo de caja o rentabilidad, o incluso en su capacidad para levantar recursos cuando todavía es una promesa de futuro. Un emprendimiento puede ser próspero y obtener muy buenos resultados financieros, pero estos avances no necesariamente son sinónimo de éxito, ya que una empresa puede crecer en detrimento de los valores que propugna, como cuidar a los empleados o el medioambiente.
Maximizar la rentabilidad al tiempo que se es fiel a la misión social puede generar tensiones difíciles de conciliar. Ante este dilema, emprendedores como Yvon Chouinard, fundador de Patagonia, y Hamdi Ulukaya, fundador de Chobani, tomaron decisiones poco convencionales sobre el rumbo de sus compañías: el primero replanteó la propiedad de Patagonia para combatir el cambio climático, mientras que el segundo decidió compartir parte de la propiedad de la empresa con sus empleados.
Estos casos cuestionan ideas arraigadas sobre el éxito empresarial, un concepto que no necesariamente captura lo que una persona emprendedora considera valioso ni los efectos que genera su actividad. Otros emprendedores conciben su propio éxito en términos de conservar su independencia, satisfacción personal o conciliación familiar. Es el caso de Ricardo Frasson, fundador de DataSeek, que después de sufrir ansiedad y estrés por la alta carga laboral, decidió reducir su jornada, incorporar a un socio y ofrecer terapia psicológica a sus empleados.
¿Qué significa entonces tener éxito como emprendedor? Esta es la pregunta que busca abordar la escala Holistic Entrepreneurial Performance (HEP), con la que proponemos medir el desempeño emprendedor a partir de cuatro dimensiones: crecimiento personal e interpersonal, impacto económico, compromiso ambiental y propósito espiritual. El estudio, publicado en Journal of Business Venturing Insights, propone ampliar la manera en que entendemos el desempeño emprendedor mediante una perspectiva que considera a la persona en su conjunto y no únicamente los resultados de la empresa, como puede ser la satisfacción personal, autonomía, relaciones con clientes y colaboradores, responsabilidad ambiental o sentido de propósito.
Cambiando de foco: de la empresa al emprendedor
La forma de medir el desempeño empresarial se ha ido ampliando en los últimos años. De indicadores predominantemente financieros se pasó a modelos como el Balanced Scorecard, que vincula resultados con objetivos estratégicos, y, posteriormente, al Triple Bottom Line, que incorpora las dimensiones económica, social y ambiental.
El siguiente paso consistía en cambiar parcialmente la unidad de análisis para incluir en el desempeño a la persona que emprende, ya que un emprendimiento establece una relación particularmente estrecha entre persona y organización. La identidad, las decisiones, las relaciones y el bienestar de quien emprende pueden influir en el negocio, mientras que los éxitos y fracasos de este también repercuten en su autoestima y sentido de identidad. Desde esta perspectiva surge el concepto de whole-person entrepreneurship, es decir, entender a las personas emprendedoras más allá de su función económica y considerar los diferentes ámbitos que influyen en cómo y por qué emprenden.
Cuatro dimensiones para entender el éxito
Para convertir esta concepción en un instrumento de medición, desarrollamos la escala HEP a partir de entrevistas a emprendedores. Después de una revisión de expertos, pruebas preliminares y distintos análisis estadísticos, la escala quedó conformada por 20 indicadores agrupados en cuatro dimensiones:
- Crecimiento personal e interpersonal: En esta dimensión aparecen aspectos como mantener buenas relaciones con los clientes, desarrollarse personalmente a través del emprendimiento, conservar autonomía para tomar decisiones, confiar en las relaciones y experimentar satisfacción personal.
- Impacto económico: La mirada holística reconoce que la rentabilidad, el crecimiento de los ingresos, la seguridad financiera y el bienestar de los empleados son fundamentales para sostener una empresa.
- Compromiso ambiental: En esta dimensión se consideran aspectos como gestionar una empresa ambientalmente sostenible, promover comportamientos responsables, incorporar criterios ambientales en los procesos y cadenas de suministro y buscar un mayor equilibrio económico, social y ambiental.
- Propósito espiritual: Incluye encontrar significado más allá de lo material, contar con objetivos de largo plazo, integrar la espiritualidad en el liderazgo y encontrar en ella apoyo frente a las dificultades. Esta dimensión es una fuente propia de significado, resiliencia y orientación de largo plazo.
El éxito también puede tener desequilibrios
Esta mirada holística introduce una pregunta particularmente interesante: ¿qué ocurre cuando un emprendimiento obtiene resultados muy distintos en cada dimensión? Una persona puede alcanzar un elevado impacto económico mientras experimenta poco crecimiento personal o ve cómo se deterioran sus relaciones. Otra puede mostrar un fuerte compromiso ambiental y un profundo sentido de propósito, pero enfrentar dificultades financieras. Estas tensiones se hacen evidentes en nuestro instrumento.
De hecho, una de sus posibles aplicaciones consiste en identificar fortalezas y debilidades en diferentes momentos de la trayectoria emprendedora. Así, es posible reconocer, por ejemplo, cuándo una atención excesiva a los resultados económicos comienza a comprometer las relaciones laborales o los objetivos ambientales, o cuándo una insuficiente atención a la sostenibilidad financiera pone en riesgo la posibilidad de mantener un propósito de largo plazo. La clave está en que las dimensiones no necesariamente compiten entre sí, pero la escala puede ayudar a determinar en qué condiciones pueden reforzarse mutuamente.
Más allá de la investigación
Para incubadoras y programas de emprendimiento, una perspectiva de este tipo permite replantear el tipo de formación que se ofrece a los participantes. En lugar de que el grueso de la educación emprendedora se concentre en desarrollar modelos de negocio, obtener financiamiento, identificar mercados, gestionar equipos o escalar empresas, la escala HEP propone incorporar también el desarrollo personal, las relaciones, la sostenibilidad y el propósito, ayudando también a crear narrativas más favorables a la gestión del fracaso.
Si el desempeño se mide exclusivamente en ingresos, crecimiento o supervivencia, parece fácil determinar quiénes son los ganadores y quiénes son los perdedores. Una mirada multidimensional obliga a plantear preguntas más complejas, ya que un negocio rentable no equivale necesariamente a una trayectoria emprendedora satisfactoria, del mismo modo que una empresa que no alcanza un crecimiento extraordinario no necesariamente constituye un fracaso.
Más que relativizar los resultados económicos, nuestra escala invita a dejar de confundir una dimensión de desempeño, como puede ser la financiera, con el desempeño completo. Nos obliga a mirar simultáneamente al negocio, a las personas que lo hacen posible, al entorno sobre el que opera y al propósito que orienta sus decisiones. El éxito emprendedor deja así de ser únicamente una cuestión de cuánto crece una empresa para incorporar también qué valor crea, cómo lo crea y qué ocurre con las personas —incluido el propio emprendedor— durante ese proceso.