La cara oscura del liderazgo

Rasgos de personalidad como el maquiavelismo, el narcisismo y la psicopatía debilitan la ética en los negocios.
Ética
Liderazgo
Jill Kickul
27 Enero, 2026

A lo largo de la historia empresarial y política abundan ejemplos de liderazgos eficaces en resultados, pero devastadores en términos éticos. Desde ejecutivos que construyen su éxito a base de abusos sistemáticos, hasta gobernantes carismáticos que normalizan la desigualdad y el atropello de derechos o usan el poder para tejer redes de corrupción. En un mundo donde la impunidad por este tipo de comportamientos está a la orden del día, es relevante preguntarse si las acciones de estos líderes responden a incentivos o presiones del entorno, o más bien se explican por rasgos de personalidad.  

Ciertos estilos de liderazgo comparten el cálculo frío, la megalomanía y la falta de empatía hacia otras personas. En psicología de la personalidad, este patrón se agrupa bajo la llamada tríada oscura: maquiavelismo, narcisismo y psicopatía. Aunque estos rasgos no implican necesariamente conductas ilegales, reflejan formas de ejercer el poder que priorizan el interés propio, justifican el daño colateral y erosionan la responsabilidad hacia los demás. En el mundo de los negocios, este patrón se asocia con un estilo de liderazgo “duro” –jerárquico, coercitivo o incluso autoritario—, con una toma de riesgos excesiva o con una búsqueda de la rentabilidad a toda costa. Cuando este tipo de conductas dominan la toma de decisiones, ¿qué ocurre con la ética y la responsabilidad social por la que deben regirse las organizaciones?

Un estudio reciente publicado en Journal of Business Ethics (2025) ofrece evidencia empírica para responder a esa pregunta. A partir de datos de más de 2,850 personas en nueve países de América Latina, la investigación muestra cómo los rasgos de la tríada oscura no sólo debilitan la búsqueda del bien común, sino que lo hacen a través de un mecanismo psicológico específico: la forma en que las personas interpretan la justicia y la idea de que “cada persona recibe lo que merece”.

Prosocialidad y negocios: más que buena voluntad

La prosocialidad se refiere al conjunto de motivaciones e intenciones orientadas a beneficiar a otros, así como a las conductas concretas que materializan ese impulso. En el ámbito empresarial, esta noción se traduce en prácticas como el emprendimiento social, la responsabilidad social corporativa, el trato ético a los grupos de interés y la creación de valor de largo plazo.

En contextos como el latinoamericano, con retos estructurales como la pobreza, la desigualdad y la degradación ambiental, la prosocialidad empresarial no es un lujo reputacional, sino una condición para la sostenibilidad de los negocios. De ahí el interés creciente por entender qué factores individuales facilitan —o bloquean— este tipo de comportamientos dentro de las organizaciones.

Si bien otras investigaciones han identificado rasgos que promueven la conducta prosocial –como la empatía, la honestidad o la orientación al bien común—, se han investigado en menor medida los rasgos de personalidad que, sin ser patológicos, erosionan de forma sistemática el compromiso ético.

La Tríada Oscura como freno a la acción ética

El estudio analizó respuestas de 2,880 personas en nueve países de América Latina para examinar cómo el maquiavelismo, el narcisismo y la psicopatía se relacionan con dos formas clave de prosocialidad empresarial: la intención de emprender con impacto social y los comportamientos socialmente responsables.

Los resultados son claros. El maquiavelismo —caracterizado por el cálculo estratégico, la manipulación y una visión instrumental de las relaciones— se asocia negativamente con la intención de crear emprendimientos sociales. En cambio, el narcisismo y la psicopatía se asocian con una menor disposición a actuar de forma justa con empleados, clientes o comunidades.

En otras palabras: ciertos perfiles de líderes pueden mostrarse ambiciosos, seguros de sí mismos y orientados a las metas, pero al mismo tiempo menos dispuestos a asumir responsabilidades éticas cuando éstas no les generan beneficios directos.

La justicia como racionalización del desapego moral

Uno de los aportes centrales del artículo es mostrar que estos efectos no operan solo por falta de empatía o exceso de egoísmo, sino a través de un mecanismo cognitivo más sutil: la creencia en un mundo justo. Esta creencia parte de la idea de que las personas, en general, reciben lo que merecen. En su versión moderada, puede ayudar a mantener la coherencia moral y el sentido de control personal. Sin embargo, cuando se aplica de forma rígida hacia los demás, puede transformarse en una justificación poderosa de la desigualdad: “si alguien sufre, es porque algo hizo mal”.
La investigación muestra que los rasgos de la tríada oscura debilitan la creencia en un mundo justo para uno mismo, pero refuerzan la creencia de que los demás obtienen lo que merecen. El resultado es una racionalización del desapego ético: la inacción frente a problemas sociales no se percibe como inmoral, sino como neutral o incluso justa.

Desde esta lógica, “ayudar” deja de ser una obligación ética y se convierte en una opción prescindible. Para las organizaciones, este hallazgo es crucial: algunas decisiones que parecen frías o insensibles no responden únicamente a presiones de mercado, sino a marcos cognitivos profundamente arraigados.

Diferencias de género y normas culturales

El estudio también revela que los efectos negativos de la tríada oscura sobre la prosocialidad son más fuertes en hombres que en mujeres. Este patrón no implica que las mujeres estén “libres” de estos rasgos, sino que las normas culturales latinoamericanas tienden a modular su expresión.

Valores asociados al cuidado, la responsabilidad comunitaria y la interdependencia funcionan como límites sociales que restringen la traducción de rasgos antisociales en conductas concretas. En contraste, los hombres –socializados con mayor énfasis en la agencia, el control y el logro individual—, enfrentan menos barreras culturales para convertir estas disposiciones en comportamientos éticamente problemáticos.

Para las empresas, esto sugiere que la ética no puede abordarse sin considerar el contexto cultural y las dinámicas de género que moldean el liderazgo y la toma de decisiones.

Implicaciones para los negocios y el liderazgo

Los hallazgos del estudio plantean implicaciones prácticas relevantes. En primer lugar, subrayan la importancia de incorporar criterios éticos y psicológicos en los procesos de selección y desarrollo de liderazgo. Evaluar solo competencias técnicas o resultados de corto plazo puede invisibilizar disposiciones que, con el tiempo, erosionan la cultura organizacional.

En segundo lugar, sugieren que los programas de ética y cumplimiento deben ir más allá de reglas y sanciones. Intervenciones que trabajen explícitamente el razonamiento moral, la empatía y la percepción de justicia pueden ayudar a contrarrestar estas distorsiones cognitivas.

Finalmente, el estudio invita a repensar el diseño de incentivos. Sistemas que premian exclusivamente el desempeño individual –sin considerar impactos sociales— pueden amplificar los efectos de la tríada oscura. En cambio, esquemas que reconozcan la creación de valor compartido y la responsabilidad hacia los grupos de interés pueden reforzar marcos de decisión más prosociales.

Una agenda de negocios para América Latina

En una región donde las brechas sociales siguen siendo profundas, comprender por qué algunos líderes y organizaciones se desentienden del impacto de sus decisiones es tan importante como celebrar los casos de éxito responsable. Este artículo aporta evidencia de que la ética empresarial no es solo una cuestión de normas externas, sino también de disposiciones internas y marcos cognitivos.

Reconocer el papel de la personalidad, la justicia percibida y las normas culturales permite avanzar hacia una comprensión más realista del comportamiento ético en los negocios. Para América Latina, este enfoque no sólo es analíticamente pertinente, sino estratégicamente urgente.

 

Autora

Jill Kickul

Profesora Distinguida en Emprendimiento Social en la Escuela de Negocios y EGADE Business School