El mayor laboratorio de inteligencia artificial del mundo
Hay momentos en los que la tecnología cambia una industria y hay otros en los que cambia la manera en que una sociedad experimenta un fenómeno cultural. El Mundial de Futbol de 2026 ha representado ese segundo tipo de transformación.
Durante las primeras décadas de s. XX, se hablaba de futbol como una competencia deportiva de once contra once. En el cambio de siglo, se hizo evidente su importancia también como negocio, con múltiples actores involucrados, desde patrocinadores y marcas globales hasta audiencias y titulares de los derechos de transmisión. En la actualidad, se ha incorporado una nueva dimensión: el futbol se ha convertido en uno de los mayores laboratorios de inteligencia artificial (IA) del mundo.
Cuando se piensa en IA aplicada al deporte, la imagen que suele venir a la mente es el VAR (árbitro asistente de video) o el fuera de lugar semiautomatizado. Pero estas herramientas apenas representan la superficie de una transformación mucho más profunda. En el último Mundial de Futbol —celebrado en México, Canadá y Estados Unidos—, la IA tomó el protagonismo como infraestructura sobre la que operaba gran parte del torneo.
Mientras un delantero decidía en fracciones de segundo hacia dónde mover el balón, miles de algoritmos tomaban decisiones de distinta naturaleza: reconstruir la posición exacta de cada jugador en tres dimensiones, identificar el momento preciso en que un pie impacta el balón, estabilizar el video proveniente de la cámara corporal del árbitro, generar estadísticas en tiempo real para comentaristas y entrenadores o detectar lenguaje de odio dirigido contra jugadores en redes sociales antes de que ellos mismos llegaran a leerlo. Esos sistemas funcionaban al mismo tiempo y ninguno de ellos existía hace apenas algunos años.
La FIFA ha convertido este Mundial en la mayor demostración pública de IA aplicada al deporte. Detrás de cada partido operaba una infraestructura tecnológica extraordinaria: dieciséis cámaras ópticas distribuidas alrededor del estadio registraban continuamente la posición de cada futbolista. Esa información se combinaba con sensores incorporados dentro del balón, capaces de transmitir cientos de mediciones por segundo. Posteriormente, modelos de visión computacional reconstruían el partido completo en tres dimensiones para asistir al cuerpo arbitral con una precisión imposible para el ojo humano.
Lo fascinante no era únicamente la cantidad de tecnología desplegada, sino la manera en que comenzaba a desaparecer ante los ojos de la audiencia. Las mejores tecnologías son aquellas que dejan de “sentirse” como tecnología. Hoy nadie entra a un automóvil pensando en los cientos de microprocesadores que coordinan el motor; simplemente conduce. Lo mismo está ocurriendo con el futbol: la IA ya no aparece como un espectáculo separado del juego, forma parte del juego mismo.
Sin embargo, es importante recordar que estos avances comenzaron con el Mundial de Catar 2022, que funcionó como un gigantesco laboratorio experimental. En aquel torneo, la FIFA utilizó doce cámaras especializadas capaces de seguir veintinueve puntos corporales de cada jugador cincuenta veces por segundo, además de un balón inteligente equipado con sensores inerciales que registraban el instante exacto de cada contacto. El objetivo no era reemplazar al árbitro, sino reducir el margen de incertidumbre que históricamente ha acompañado las decisiones más polémicas del futbol y que incluso han marcado la historia, como “la mano de Dios” o “no era penal”. Esa tecnología ha dejado de ser una innovación para convertirse en una plataforma, y aunque la diferencia parece sutil, cambia completamente la conversación.
Cuatro años después, la IA no solo ayuda a determinar un fuera de lugar, también alimenta sistemas de análisis táctico para las selecciones nacionales, genera visualizaciones tridimensionales para las transmisiones, produce estadísticas avanzadas para periodistas deportivos, automatiza miles de clips para redes sociales y permite que entrenadores, analistas y comentaristas consulten asistentes inteligentes entrenados exclusivamente con información futbolística.
Uno de los desarrollos más interesantes ha sido Football AI Pro, un nuevo asistente presentado por la FIFA en colaboración con Lenovo. Más allá del nombre comercial, es probablemente el primer intento de construir un modelo de lenguaje especializado exclusivamente en conocimiento futbolístico. En lugar de responder preguntas utilizando información genérica de internet, este sistema consulta cientos de millones de registros oficiales para generar análisis, explicaciones tácticas, visualizaciones y reportes personalizados para las selecciones participantes. Así, la IA deja de simplemente responder preguntas para comenzar a “pensar” sobre futbol.
Pese a esta omnipresencia de la IA, todavía es necesaria la supervisión humana. Las decisiones arbitrales continúan dependiendo de oficiales especializados; los análisis tácticos siguen siendo responsabilidad de entrenadores. Los datos todavía necesitan el contexto que puede aportar la inteligencia humana y la experiencia continúa siendo irremplazable. No obstante, el equilibrio entre personas y algoritmos está cambiando con enorme rapidez y eso tiene implicaciones que van mucho más allá del deporte.
Hace algunos años se decía que los datos eran el nuevo petróleo, pero hoy esa metáfora se queda corta. Los datos ya no son el combustible, sino el idioma. La IA habla ese idioma mejor que cualquier persona, y el Mundial se ha convertido en uno de los escenarios donde ese lenguaje alcanza su máxima expresión. Sin embargo, mientras toda esta revolución ocurre dentro de los estadios, otra transformación igual de profunda sucede fuera de ellos.
El Mundial ya no termina cuando el árbitro señala el final del partido, en realidad, apenas comienza. Hasta hace muy poco, la FIFA era la principal productora de contenido alrededor de su evento estrella. Las televisoras narraban los partidos, los periódicos escribían las crónicas y algunos comentaristas construían la conversación durante los días posteriores, pero hoy ese modelo ha quedado atrás. Mientras que un partido dura noventa minutos, la conversación alrededor de él puede extenderse durante semanas. Las narrativas no las construyen únicamente los periodistas o medios de comunicación, ahora son millones de personas —muchas veces con ayuda de la IA— quienes escriben la historia del entretenimiento deportivo.
Por primera vez, cualquier aficionado puede producir contenido con una calidad que hace apenas unos años estaba reservada para una agencia creativa o una televisora internacional. Una fotografía tomada con el teléfono se convierte en un póster cinematográfico. Una jugada polémica puede transformarse en una animación hiperrealista. Un aficionado puede pedirle a una plataforma de IA que narre un gol con la voz de un comentarista histórico, genere una versión estilo anime, recree la jugada desde cualquier ángulo o produzca un video que combine humor, datos y efectos especiales en cuestión de minutos. La barrera entre consumidor y creador prácticamente ha desaparecido. Y cuando desaparecen las barreras de producción, cambia por completo la economía del contenido.
Este fenómeno no tiene precedentes: mientras la FIFA perfeccionaba sus sistemas de visión computacional para mejorar las decisiones arbitrales, millones de personas utilizaban modelos generativos para reinterpretar exactamente los mismos momentos desde perspectivas completamente distintas. El gol ya no existía una sola vez, sino miles; en formato vertical para TikTok, convertido en meme para Instagram, explicado con gráficos interactivos en LinkedIn, recreado mediante IA en YouTube o resumido por un asistente conversacional antes de que termine la conferencia de prensa. Cada partido producía cientos de historias paralelas que competían por la atención de los usuarios.
Esta explosión creativa también está transformando la manera en que producen contenido los medios de comunicación. Hace algunos años, su ventaja competitiva consistía en ser el primer medio en informar un resultado. Hoy esa ventaja prácticamente ha desaparecido, ya que la noticia deja de ser el marcador y el verdadero valor radica en explicar mejor que los demás el significado de ese resultado. Las redacciones deportivas ya no utilizan IA únicamente para escribir notas breves o resumir conferencias de prensa. Ahora optimizan su uso para identificar patrones tácticos, encontrar tendencias históricas, localizar automáticamente las mejores jugadas entre miles de horas de video, generar visualizaciones interactivas y analizar bases de datos que ningún periodista podría revisar manualmente durante una cobertura en tiempo real. Paradójicamente, cuanto más poderosa se vuelve la IA, más valioso se vuelve el criterio humano, porque si bien los algoritmos encuentran patrones, las personas encuentran significado. Esa diferencia será probablemente la principal ventaja competitiva del periodismo durante la próxima década.
Lo mismo está ocurriendo con las marcas. Durante mucho tiempo, el patrocinio deportivo consistía en colocar un logotipo alrededor de la cancha y esperar que millones de personas lo vieran durante noventa minutos. Sin embargo, hoy en día esto resulta insuficiente, ya que las marcas no compiten solamente por participar en la transmisión, ahora quieren ser parte de la conversación. La IA les permite generar miles de versiones de una misma campaña adaptadas a distintos idiomas, plataformas, audiencias e incluso estilos de comunicación. Un mismo gol puede dar origen a cientos de piezas publicitarias diferentes dependiendo de quién las reciba. Nunca había sido posible personalizar el marketing deportivo con ese nivel de precisión.
De manera ambivalente, la misma IA —capaz de producir contenido extraordinario— puede fabricar desinformación extraordinariamente convincente. Durante este Mundial circularon videos falsos de jugadores realizando acciones que nunca ocurrieron, narraciones sintéticas difíciles de distinguir de las originales e imágenes hiperrealistas que millones de usuarios compartieron antes de verificar su autenticidad. Lo preocupante no es únicamente la calidad de esas falsificaciones. Es la velocidad con la que pueden recorrer el mundo antes de que alguien tenga oportunidad de desmentirlas. La IA ha reducido drásticamente el costo de producir información, pero como contrapartida, también ha reducido el costo de producir desinformación. Esto cambia las reglas del juego para periodistas, plataformas digitales, patrocinadores, organismos deportivos y, por supuesto, para los propios aficionados.
Quizá por este motivo uno de los desarrollos menos visibles, pero más relevantes de este Mundial, ha sido el uso de IA para proteger a los propios jugadores. Sistemas capaces de analizar millones de publicaciones en redes sociales identificaban mensajes de odio, amenazas o contenido discriminatorio para impedir que llegaran directamente a futbolistas, entrenadores y árbitros. Es una aplicación silenciosa de la IA que pocas veces aparece en los titulares, pero que probablemente tenga un impacto mucho mayor en la experiencia humana del torneo que muchas de las innovaciones tecnológicas más espectaculares.
Pero si la IA ya decide qué vemos, cómo lo vemos, cuándo lo vemos y quién nos lo muestra, ¿por qué seguimos hablando únicamente de tecnología? La conversación tiene que virar forzosamente hacia la cultura, la economía, la influencia e incluso el modelo mediante el cual las sociedades construyen conversaciones colectivas. El verdadero legado de este Mundial será haber demostrado que la IA ha dejado de ser una herramienta que acompaña al deporte para convertirse en una infraestructura que redefine toda la experiencia alrededor del deporte.
Además de rememorar el equipo que levantó la copa, en el futuro este Mundial será recordado por el momento en que dejamos de preguntarnos si la IA cambiaría el futbol para preguntarnos cómo el fútbol estaba ayudando a cambiar nuestra relación con la IA. Al final, la historia nunca ha sido sobre algoritmos, ha sido —y seguirá siendo—, sobre personas. La diferencia es que ahora las personas compartimos la conversación con millones de IA que escriben, traducen, resumen, editan, recomiendan, crean y amplifican historias junto con nosotros. El balón sigue siendo el mismo, lo que cambió para siempre fue todo lo que ocurre alrededor de él.