Si de burbujas se trata, es importante recordar que fenómenos con este mote han engañado a muchos. Las primeras ocasiones (como la famosa burbuja de los tulipanes holandeses en el siglo XVII), la gente estaba adormilada sin saber lo que les esperaba (esa, como muchas otras, tumbó al final los precios prácticamente al 50 o hasta el 100%, desde su punto más alto). Ya después de más de 12 burbujas en la historia bursátil, los inversionistas estamos aprensivos, siempre sospechando de subidas muy elevadas de los precios, en especial cuando son acompañados de una inexplicable euforia en todo el mercado, y en especial de participantes que no están completamente informados de las economías en la industria que subyace a la supuesta burbuja.
Entrando a tecnicismos, una caída en bolsa de más de 20% se le considera un crash (antes de eso, fue un mercado bajista o bear, con ajustes/correcciones de entre 5 y 10%, muchas veces numerosas). Todas las burbujas fueron un crash, pero no a la inversa, pues una burbuja es un fenómeno en el que se da una novedad disruptiva —más recientemente con alto contenido tecnológico—, acompañada por muy abundante liquidez y crédito barato, una narrativa seductora, y una ola palpable de euforia colectiva (“si no entro ya a la fiesta, me voy a perder de grandísimas ganancias”).
Es por esto que la palabra tiene la acepción de “vacío”: una burbuja es mucho menos de lo que promete; se infla de expectativas irreales de lo que puede lograr impactar a la economía real en un tiempo razonable.
En total ha habido 33 crash desde 1835, y de esos solo 23 vinieron acompañados de una recesión económica también; de esos 33, cerca de un tercio pudieran clasificarse como “burbujas”. Los expertos consideran que si el indicador de valuación llamado “razón precio-utilidad ajustada cíclicamente (CAPE, por sus siglas en inglés)” se encuentra arriba de 22x, es terreno de burbuja, fenómeno que, en este punto, debemos relacionar con precios muy altos en los indicadores de valuación. Hay que notar que, aun y cuando los precios sean muy altos, eso se arregla fácilmente con utilidades corporativas que sorprendan por su fuerza, pues dado que son insumo clave en los parámetros de valuación (van en el denominador de cada ratio), el ratio completo mejora cuando las utilidades son reales y vigorosas.
Una pregunta obligada es si estamos en una nueva burbuja. Responderé con sorna, al estilo de aquél famoso cantante mexicano: “lo que se ve no se pregunta”. Parece que sí, a menos que por los resultados vigorosos de las utilidades, las valuaciones vuelvan a tomar un respiro; las reducciones supuestas de las tasas de interés de la Fed permitan a las empresas tomar bríos de nuevo. No obstante, parece improbable que un valor como el que se observa se justifique aun con buenos resultados.
De 20 medidas de valuación, 19 están excesivamente caras (y no solo eso, sino que muchas de ellas rompen el récord de todos los tiempos). Al día de hoy (como ocurrió en las burbujas de “Dotcom”, los “tronics” de los años 60, la hipotecaria en 2007, y tantas otras) todo lo que tenga AI en su historia se vende más caro sin preguntar. Es verdad que hoy hay menos palanca, mejores calificaciones y menos activos fijos, por ende mejores márgenes, lo cual hace de las emisoras entes más sólidos, pero aun así se requiere que haya un fondo real, y ahí radica el mayor reto; de eso dependerá que esto no sea solo una pompa de jabón.
El Capex, por ejemplo, ha sido muy elevado y eso amenaza los márgenes en el mediano plazo, convirtiendo a la inversión en una carrera de caballos, lo cual puede desbocar a los capitanes. Solo en los últimos dos trimestres se ha gastado más del PIB en AI que en el consumo de las familias; si no hubiera una mejoría en ventas o en ganancias pronto que justifique lo anterior, las quiebras seguirían pronto. Burbuja o no, este no es tiempo de entrar y hay que estar atento para reasignar las inversiones hacia lo que sea prudente y duradero.
Artículo publicado originalmente en Reforma.